Cuando era niño, los fines de semana tenían un brillo especial. Vivíamos en un barrio humilde, rodeados de calles de tierra y pequeñas casas donde todos se conocían. No teníamos muchas cosas materiales, pero éramos felices porque todavía no comprendíamos los problemas económicos que enfrentaban nuestros padres.
Yo tenía ocho años y mi hermano apenas cinco. Una tarde, mientras el sol comenzaba a bajar, mi papá decidió jugar futbito con nosotros en la cancha de tierra del barrio. Para cualquier otra persona podía parecer algo simple, pero para nosotros era un acontecimiento inolvidable.
Mi papá sonrió. Era un excelente futbolista. Se notaba en cada pase, en cada amague y en la facilidad con la que dominaba la pelota.
Pero era imposible. Mi papá parecía jugar en otra categoría. Entre risas, carreras y mucho polvo levantándose del suelo, el partido continuó.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré. Mi papá controló la pelota, dio unos pasos y de pronto hizo algo que nos dejó sorprendidos.
Con una habilidad increíble, sujetó el balón entre sus pies, lo levantó por detrás de su cuerpo y lo lanzó hacia adelante.
La pelota salió volando por encima de nosotros. Mi hermano venía corriendo por detrás de mi papá y yo estaba frente a él intentando marcarlo.
Nuestros ojos estaban puestos únicamente en la pelota. Ninguno vio al otro venir.
Nuestras cabezas chocaron con una fuerza tremenda. Por un instante todo quedó en silencio.
Yo también sentía dolor, pero no lloré. Me quedé quieto sujetándome la cabeza.
Cada vez que mi hermano lloraba, normalmente yo terminaba siendo el culpable. Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Mi papá observó la escena y comenzó a reír. No era una risa de burla. Era la risa de alguien que acababa de presenciar una situación tan inesperada como graciosa.
Tomó a mi hermano entre sus brazos, lo consoló y revisó que ninguno estuviera lastimado. Poco a poco el llanto terminó. Y el partido también.
Han pasado muchos años desde aquella tarde. Hoy casi no recuerdo el dolor del golpe. Tampoco recuerdo el miedo que sentí en ese momento.
Lo que realmente permanece en mi memoria es otra cosa. Recuerdo a mi papá jugando con nosotros. Recuerdo el polvo de aquella cancha de tierra. Recuerdo nuestras risas. Y recuerdo aquella bicicleta perfecta que parecía una jugada digna de un estadio profesional.
Ahora entiendo que los verdaderos tesoros de la infancia no eran las cosas que teníamos, sino los momentos que compartíamos.
Porque cada vez que veo a alguien hacer una bicicleta en un partido de fútbol, no pienso en los grandes jugadores ni en los estadios llenos.
Pienso en mi papá.
Pienso en mi hermano.
Y vuelvo a aquella humilde cancha de tierra donde,
persiguiendo un balón, construimos uno de los recuerdos más felices de nuestra vida.